Monday, 29 October 2018

Último fin de semana con horario de verano

El fin de semana pasado empezó a lloviznar cuando salíamos a darle la vuelta a Djurgården así que agarramos el auto y nos fuimos a almorzar a Arkipelag, el hobby los dueños de BabyBjörn (björn=oso), una marca de productos para bebés. Es un lugar donde arman eventos y exhibiciones de arte que no siempre son tan interesantes pero el edificio y el entorno son tan lindos que vale la pena ir igual. Ahora hacía meses que no íbamos a comer porque no nos gusta mucho la comida pero el sandwich de queso que comí ayer estaba bien. Lástima el agua, en botellita con el logo de Arkipelag y gusto a ser agua de la canilla pasada por máquina de hacer burbujas. "Producción propia sustentable" como me dijeron en un café del centro. Ni gratis la hubiese querido.

En el auto a la vuelta me entretuve calculando mi huella de carbono. En Estocolmo está muy de moda tener (o decir tener) "klimatångest" algo así como angustia por el cambio climático. El enemigo número uno es la aviación. Ya hace bastante que la extrema izquierda y los verdes estigmatizan a los que nos vamos de vacaciones a otros países, más si lo hacemos en avión. Pero últimamente se les ha sumado la clase media urbana más liberal, gente para los que antes viajar era un estilo de vida pero que ahora tienen angst ambiental y prefieren no moverse y consumir producción local para salvar el planeta. Si sumé bien (redondeando hacia abajo) voy a terminar 2018 con 166 horas de vuelo, que según este sitio (el test también está en inglés) equivalen a una huella de 23 toneladas de CO2. Mi huella total sería de 26 toneladas, la del sueco promedio 8. Entonces si antes evitaba contar que me iba de viaje para no generar bronca porque apenas puedo, salgo de Suecia, ahora no cuento que me voy de viaje para no provocar angustia ambiental.